Los dioses van llegando. Sus volátiles sombras se van adueñando por completo de los vacios que el aire asfixiado ha ido dejando.
Una arena crispada y doliente, desesperada por la enorme soledad de no haber sido pisada; un mar oscuro y fangoso gimiente por no dar cobijo entre sus aguas a nadie. De cuando en cuando, como por milagro, surgía, de entre los minusculos montones de arena y piedra, un ramaje seco, desprovisto de hojas que una vez alguien dijo haber visto florecer.
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